Después del funeral de mi esposo, mi hijo me llevó al borde de la ciudad y me dijo, “Aquí es donde te bajas”… Pero él no sabía el secreto que ya llevaba dentro…

El Viento Segundo seguía creciendo. Yo seguía creciendo. Y aunque las huellas de lo que había perdido nunca desaparecerían por completo, había algo más grande que esas cicatrices: el amor que había reconstruido por mí misma.

Las estaciones pasaron, y con ellas, mi dolor se convirtió en fuerza. Cada huésped que llegaba al lugar me recordaba que la vida no se trata de lo que pierdes, sino de lo que encuentras en el proceso. Y yo había encontrado algo más grande que la venganza o el arrepentimiento. Había encontrado mi segunda oportunidad, la mía propia.

Embarazo y maternidad