Daniel les explicó que su madre no vivía en el sótano y empezaron a hablar de ella abiertamente en toda la casa.
Poco a poco, fue guardando sus pertenencias —no para borrarla, sino para aceptar la realidad.
Hoy aún comparten recuerdos y ven vídeos antiguos, pero el sótano ya no es un monumento congelado al dolor.
Porque amar a alguien después de una tragedia no es reemplazar a quien se fue.
Es aprender a seguir viviendo juntos.