—No.
Se encogió de hombros.
—Tienes diez minutos para aprender.
Así era Joe: rudo, directo, corpulento como un frigorífico, y aun así, una de las personas más decentes que jamás había conocido. Al final de los largos turnos, me daba una hamburguesa con patatas fritas y refunfuñaba.
—Come antes de desmayarte y hazme el papeleo.
A veces me quedaba después del cierre para limpiar los mostradores mientras él se quejaba de los proveedores, los precios de la comida, los congeladores estropeados y la gente que pedía huevos de maneras que deberían ser ilegales. La señora Rhode venía todos los martes y jueves por la mañana a las ocho en punto. La primera vez que la atendí, entrecerró los ojos al leer mi gafete.
«James. Pareces tan cansado que podrías caerte de bruces sobre mi gofre».
«Una semana larga».
Resopló.
«Intenta tener ochenta y cinco años».
Ese fue nuestro comienzo. Después de eso, siempre preguntaba por mí. Era aguda, difícil e imposible de una manera que, de alguna forma, se volvía casi graciosa una vez que te acostumbrabas a ella. Una mañana, me miró mientras tomaba su café.
«¿Sonríes alguna vez, hijo?».
«A veces».
«Lo dudo».
Otro día, frunció el ceño al ver mi pelo.
«Cada vez que te veo, está peor».
«Buenos días a ti también».
«Mmm. Mejor. Hoy casi pareces viv
—¿Alguna vez has cargado tres platos a la vez?