Por fin abrí el sobre.
“Se te van a pudrir los dientes, pequeña”, me decía siempre que echaba demasiada azúcar.
“A ti también te gusta así”, le recordaba.
“Eso no significa que me equivoque”, olfateaba.
La tetera silbaba. La serví. Me senté. Por fin abrí el sobre.
Su letra me golpeó más fuerte que cualquiera de los discursos del funeral.
Y así, sin más, volví a tener seis años.
Mi niña, empezó.
Si estás leyendo esto, mi testarudo corazón por fin se rindió. Siento volver a dejarte sola.
¿Otra vez?
Fruncí el ceño, pero seguí adelante.
Antes de decirte lo más duro, quiero que recuerdes algo: siempre fuiste deseada. No lo dudes ni por un solo segundo.
Y así, sin más, volví a tener seis años.
“No sintieron nada”.
Cuando “me quedé huérfana”.
Era un día lluvioso. Los adultos hablaban en voz baja. Una trabajadora social me dijo que había habido “un grave accidente de automóvil”.
“Al instante”, dijo. “No sintieron nada”.
Recuerdo que me quedé mirando las manchas de la alfombra en vez de su cara.
Entonces entró la abuela.
Su casa parecía de otro planeta.
Minúscula. Moño gris. Abrigo marrón que olía a aire frío y jabón de lavandería. Se arrodilló para que estuviéramos a la misma altura.
“Hola, pequeña”, dijo. “¿Estás lista para venir a casa conmigo?”.
“¿Dónde es eso?”, le pregunté.
“Conmigo”, dijo. “Eso es lo único que importa”.
Su casa parecía de otro planeta.
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Aquella primera noche hizo panqueques para cenar.
Papel tapiz desconchado. Libros apilados por todas partes. El olor permanente a canela, páginas viejas y detergente para la ropa. El suelo crujía exactamente en tres sitios.
Aquella primera noche hizo panqueques para cenar.
“Los panqueques son para las emergencias”, dijo, dando la vuelta a uno que salió con forma de mancha. “Y esto cuenta”.
Me reí, aunque me dolía la garganta.
Así empezamos.