También ayudaba a mis padres. Pagaba parte de su seguro, algunos medicamentos, la reparación de la camioneta de mi papá, la tarjeta del supermercado de mi mamá. Cuando Verónica se casó, yo pagué casi toda la fiesta porque no quería que empezara su vida sintiéndose menos que nadie. Durante años fui la hija fuerte, la hermana útil, la que resolvía sin pedir aplausos.
El sábado que partió mi vida en dos, Joaquín llevó a Mateo a pescar al Lago de Chapala. Salieron a las 8 de la mañana, riéndose porque Mateo llevaba más comida que anzuelos. Yo los despedí desde la puerta, con una sensación tranquila en el pecho. A las 6 debían estar de regreso. A las 7 llamé a Joaquín y se fue al buzón. A las 8 empecé a caminar por la sala.
A las 8:47 tocaron la puerta.
Dos policías estaban afuera. En cuanto vi sus caras, mi cuerpo entendió antes que mi mente.
—¿Usted es Angélica Herrera?
No recuerdo haber respondido. Recuerdo el uniforme, el olor de mi propia cocina, la mesa puesta para tres. Me dijeron que un conductor borracho se había pasado un alto y había golpeado la camioneta de Joaquín por el lado del conductor.
—Solo dígame si están vivos —susurré.
El oficial bajó la mirada.
—Su esposo falleció en el lugar. Su hijo está vivo, pero está en cirugía. Su estado es crítico.
El mundo no se rompió con ruido. Se apagó.
En el hospital, la doctora Medrano me explicó palabras que ninguna madre debería aprender: trauma craneal severo, coma inducido, inflamación cerebral. Mateo parecía más pequeño que nunca, conectado a máquinas, con la cara hinchada y la cabeza vendada. Le tomé la mano y le prometí que no lo dejaría.
Llamé a mis padres esa madrugada. Mi mamá lloró un poco y dijo que irían. Llegaron al día siguiente, estuvieron una hora, preguntaron lo básico y se fueron. Cuando les pedí ayuda para preparar el funeral de Joaquín, mi mamá suspiró como si yo hubiera pedido un favor incómodo.
—Hija, esta semana ayudaremos a Verónica y Rubén a instalarse mejor en el departamento. Ya nos comprometimos.
—Mamá, Joaquín acaba de morir.