—¡Abre, Angélica! —gritó Verónica—. ¿Qué demonios hiciste con nuestro departamento?
Respiré hondo. Miré una foto de Mateo con su uniforme de béisbol. Luego abrí la puerta.
Parte 2…

Los cuatro estaban en mi porche: mi madre con cara de víctima, mi padre confundido, Rubén evitando mis ojos y Verónica roja de furia, con una mano en el vientre como si su embarazo fuera una credencial para pisotear a cualquiera.
—Necesitamos hablar —dijo mi madre, entrando sin permiso.
—No —respondí—. Necesitan escuchar.
Verónica soltó una risa amarga.
—¿Te volviste loca? Nuestras cosas están tiradas en casa de mis papás. No podemos entrar al departamento.
—Ya no es tu departamento.
—Vivimos ahí.
—Vivían. Gratis. Por generosidad mía y de Joaquín. Ese favor terminó.
Rubén intentó sonar tranquilo.
—Angélica, entendemos que estás dolida, pero no puedes echarnos así. Hay leyes.
—Perfecto. Hablen con un abogado. El departamento está a mi nombre. Ustedes no tienen contrato, no pagan renta y se fueron de vacaciones mientras yo enterraba a mi hijo.
Mi madre se llevó la mano al pecho.
—No uses eso para castigarnos. Somos tu familia.
Por primera vez en meses me reí, pero no había alegría en mi risa.