MIS COMPAÑEROS DE LA UNIVERSIDAD SE BURLABAN DEL SEÑOR DE LIMPIEZA Y LE TIRABAN BASURA AL PISO A PROPÓSITO. AYER,

Mientras mis compañeros hablaban de vacaciones en Europa, yo trabajaba por las noches haciendo maquetas para otros estudiantes.

Mientras ellos compraban materiales sin mirar precios, yo calculaba cada centavo.

Pero siempre había alguien haciendo sacrificios aún mayores.

Don Ramón.

Recuerdo llegar a casa algunas noches y verlo cenando solo tortillas con frijoles.

Cuando le preguntaba por qué no compraba algo mejor, siempre respondía:

—No tengo hambre, hija.

Muchos años después descubrí la verdad.

Sí tenía hambre.

Simplemente estaba ahorrando para comprar mis libros.

Para pagar mis materiales.

Para que yo pudiera seguir estudiando.

También descubrí que dejó de comer carne durante años.

Que caminaba largas distancias para ahorrar dinero del transporte.

Y que aceptaba horas extras limpiando edificios los fines de semana.

Todo para que yo pudiera seguir soñando.

Pero nadie en la universidad sabía eso.

Para ellos solo era el hombre que limpiaba los pisos.

Llegó finalmente el día de la graduación.

El auditorio estaba lleno.

Familias elegantes.

Fotógrafos.

Profesores.

Autoridades.

Y también el personal de limpieza, sentado discretamente en la parte trasera.

Como obtuve el mejor promedio de toda la generación, me eligieron para dar el discurso principal.

Subí al escenario.

Tomé el micrófono.

Y observé a los tres estudiantes que durante años habían humillado a don Ramón.

Estaban sentados en primera fila junto a sus padres.

Respiré profundamente.

Y comencé.

—Hoy recibimos un diploma que nos acredita como arquitectos.

Todos aplaudieron.

Pero continué.

—Sin embargo, un diploma jamás convierte a alguien en una buena persona.

El auditorio quedó en silencio.

Los profesores se miraron entre sí.

Los estudiantes dejaron de sonreír.

Entonces seguí hablando.

—Durante cuatro años vi cómo algunos compañeros despreciaban a quienes limpiaban nuestros salones. Vi cómo se burlaban de personas trabajadoras simplemente porque llevaban un uniforme diferente.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

—Hoy quiero presentarles a la persona responsable de que yo esté aquí.

Muchos pensaron que iba a mencionar a un profesor.

Otros imaginaron que hablaría de algún empresario patrocinador.

Pero yo miré hacia el fondo del auditorio.

Y dije:

—Papá… ¿puedes venir conmigo al escenario?

Todo el lugar quedó paralizado.

Don Ramón levantó la cabeza confundido.

Pensó que había escuchado mal.

—Papá, ven.