PARTE 3
Joanna no podía hablar.
Sujetaba al recién nacido con fuerza entre sus brazos, mientras las lágrimas corrían sin cesar.
Todo aquello en lo que había creído durante siete meses se derrumbó en cuestión de minutos.
Él no la había abandonado.
Él la había protegido.
O al menos eso es lo que él pensaba.
El doctor Robert Wright seguía de pie junto a ella.
—No espero que me perdones —dijo en voz baja.
“Debería haberte dicho la verdad desde el principio.”
Joanna lo miró.
“¿Por qué no lo hiciste?”
El anciano médico bajó la mirada.
“Ese fue el último deseo de Logan.”
Abrió el sobre y sacó una segunda carta.
“Me pidió que se la entregara solo después de que naciera la niña.”
Joanna tomó la carta con manos temblorosas.
El texto era de Logan.
La reconoció inmediatamente.
“Mi querida Joanna,
Si estás leyendo esta carta, significa que no lo logré.
Sé que me odiarás. Y tal vez tengas todo el derecho a hacerlo.
Pero no podía soportar verte perderme un poquito cada día.
Quería que me recordaras fuerte. Recuerda mi sonrisa, no los hospitales.
Y sobre todo… quería que nuestro hijo naciera sin el miedo a mi muerte.
Dile siempre que su padre lo amó incluso antes de que pudiera oír su primer aliento.
Te amo más de lo que las palabras pueden expresar.
Perdóname… si alguna vez puedes.
Joanna cerró la carta contra su pecho.
Lloraba sin poder parar.
El doctor Wright no intentó interrumpirla.
Espera en silencio.
Tras varios minutos, levantó la vista.
“¿Dónde está?”
El médico no respondió de inmediato.
Frunció los labios.
Y finalmente susurró:
“No murió.”
Joanna sintió que el corazón se le paraba.
“Qué dijiste;”
“Logan está vivo.”
La habitación se quedó congelada.
“Hace dos meses, un donante se ofreció para recibir un tratamiento experimental.”
El doctor continuó hablando con lágrimas en los ojos.
“El trasplante fue un éxito… pero las complicaciones fueron graves.”
Joanna no podía respirar.
“¿Por qué… por qué no vino?”
Robert cerró los ojos.
“Porque pensó que ya era demasiado tarde.”
“Él pensaba que ya habías reconstruido tu vida.”
Ella empezó a llorar aún más.
“No pasaba un solo día sin que lo amara.”
El médico sonrió entre lágrimas.
Sacó su teléfono móvil.
Escribe un número.
La llamada se conectó.
“Logan…”
Se oyó una voz débil desde el otro extremo.
“¿Papá?”
Robert miró a Joanna.
“Hay alguien que quiere hablar contigo.”
Él le dio el teléfono.
Le temblaban las manos.
“Logan…”
Durante unos segundos no se oyó nada.
Más tarde…
Un sollozo.
“Joanna… perdóname…”
Joanna cerró los ojos.
Mira a su bebé.
Y susurró con lágrimas de alegría:
“Vuelve a casa… tu hijo te está esperando.”
Al otro lado de la línea, Logan lloraba en silencio.
Por primera vez en siete meses…
Había esperanza de nuevo.
FIN.