Tengo casi sesenta años y estoy casada con un hombre treinta años más joven.

—Va tras tu dinero, Lillian. Te sientes sola. Ten cuidado.

Sí, había heredado una vida cómoda de mi difunto marido: una casa de cinco pisos en el centro, dos cuentas de ahorro y una villa en la playa de Malibú.

Pero Ethan nunca me pidió dinero. Cocinaba, limpiaba, me daba masajes y me llamaba su esposa o su niñita con esa voz tan suave suya.

Todas las noches antes de acostarme, me traía un vaso de agua tibia con miel y manzanilla.

—Bébetelo todo, cariño —susurraba—. Te ayuda a dormir. No puedo descansar si no lo haces.

Y entonces, bebí.

Durante seis años creí haber encontrado la paz: un amor tierno y constante que no esperaba nada a cambio.

La noche que no pude dormir
Una noche, Ethan dijo que se quedaría despierto hasta tarde para preparar un “postre de hierbas” para sus amigos de yoga.

—Vete a dormir primero, cariño —dijo, besándome la frente.

Asentí, apagué la luz y fingí quedarme dormida.
Pero algo dentro de mí —una voz tranquila y obstinada— se negaba a descansar.

Me levanté en silencio y caminé por el pasillo. Desde la puerta, observé a Ethan en la cocina.
Estaba de pie junto a la encimera, tarareando suavemente. Lo vi servir agua tibia en mi vaso habitual, abrir un cajón y sacar una botellita ámbar.