## PARTE 3

Leo tocó la tableta.

“La junta ya ha sido notificada”.

El rostro de Victoria palideció.

“Los reguladores federales se conectaron automáticamente cuando se rompió el cifrado”.

Echó un vistazo a la pantalla.

“Las acciones de Sterling Dominion han caído un cuarenta y dos por ciento en las operaciones posteriores al cierre del mercado”.

Se me cayó el alma a los pies.

“Para mañana por la mañana, sus bienes personales deben estar congelados a la espera de la investigación”.

Preston volvió a llorar.

“Mamá… ¿eso significa que no vamos a ir a las Bahamas?”

¡Cállate, Preston!

Victoria me agarró del brazo.

“¡Julian, arregla esto! ¡Llama a seguridad! ¡Llama al gobernador! ¡Llama a alguien!”

Retiré su mano con cuidado.

“Ya no queda nada que arreglar”.

Ella me miró fijamente.

“Se acabó.”

Su palma golpeó mi cara.

El sonido resonó por el pasillo.

“¡Parásito patético!”

Ella me dio una bofetada en el pecho.

“¡Me usaste!”

Entonces agarró a Preston y se lo llevó a rastras.

Sus tacones golpearon el mármol hasta que las puertas dobles se cerraron de golpe tras ellos.

Volvió el silencio.

Me giré hacia Leo y Ethan.

Se quedaron de pie uno al lado del otro.

Alto.

Calma.

Todo en ellos reflejaba una fortaleza que durante décadas había creído que el dinero podía comprar.

“Leo… Ethan…”

Se me quebró la voz.

“Sé que no merezco el perdón”.

Ninguno de los dos respondió.

“Sé cuál es mi papel en tu historia”.

Finalmente, las lágrimas brotaron.

“Pero déjame ayudarte. Déjame darte lo que me queda. Dinero. Propiedades. Recursos. Lo que sea.”

Leo me miró durante varios segundos.

Por un instante, creí ver algo suavizarse.

Luego cerró la cremallera de su mochila.

“No necesitamos su caridad, señor Sterling”.

Su voz era suave.

“Todo lo que tenemos, nos lo hemos ganado”.

Él miró hacia Elena.

“Y todo en lo que nos convertimos, nuestra madre nos lo dio”.

Mis piernas cedieron.

Caí al suelo de mármol.

“Por favor.”

No me importaba quién me viera.

“Te lo ruego. No me dejes sin nada”.

Elena caminó hacia adelante.

Ella se quedó de pie frente a mí.

Pero no había satisfacción en su rostro.

Ningún triunfo.

Simplemente certeza.

“No te vas a quedar sin nada, Julián”.

Levanté la vista.