Durante seis meses, lo observé desde dentro de mi coche.
El mismo día.
La misma hora.
Todos los sábados, exactamente a las dos de la tarde, llegaba al cementerio en su Harley, aparcaba cerca del viejo roble y caminaba directamente hasta la lápida de Emily.
Luego se sentaba junto a su tumba durante una hora entera.
Nunca traía flores.
Nunca dejaba una nota.
Nunca hablaba lo suficientemente alto como para que yo lo oyera.