MIS COMPAÑEROS DE LA UNIVERSIDAD SE BURLABAN DEL SEÑOR DE LIMPIEZA Y LE TIRABAN BASURA AL PISO A PROPÓSITO. AYER,

MIS COMPAÑEROS DE LA UNIVERSIDAD SE BURLABAN DEL SEÑOR DE LIMPIEZA Y LE TIRABAN BASURA AL PISO A PROPÓSITO. AYER, AL RECIBIR MI DIPLOMA DE EXCELENCIA, REVELÉ UN SECRETO QUE LOS DEJÓ MUDOS.

Tengo 23 años y ayer me gradué con el mejor promedio de mi generación en una prestigiosa facultad de arquitectura.

La mayoría de mis compañeros provenían de familias adineradas.

Hijos de empresarios.

Políticos.

Dueños de compañías.

Personas acostumbradas a tener privilegios desde que nacieron.

Yo era diferente.

Estudiaba gracias a una beca completa.

Sin esa ayuda jamás habría podido pagar una universidad así.

Durante los cuatro años de carrera observé algo que siempre me dolió.

Muchos estudiantes trataban al personal de limpieza como si fueran invisibles.

Como si no fueran personas.

El blanco favorito de las burlas era don Ramón.

Un hombre de 55 años que limpiaba los pasillos del edificio principal.

Era tranquilo.

Respetuoso.

Y siempre tenía una sonrisa amable para cualquiera que lo saludara.

Pero había tres muchachos que parecían disfrutar humillándolo.

Tiraban vasos de café al piso después de que él terminaba de limpiar.

Dejaban envolturas en los pasillos.

Y luego se reían mientras él regresaba a recoger todo.

—Para eso le pagan —decían.

—Si hubiera estudiado, no estaría limpiando pisos.

Cada vez que escuchaba esos comentarios sentía un nudo en el estómago.

Pero nunca respondía.

Esperaba a que se fueran.

Y luego ayudaba a don Ramón a limpiar.

Mis compañeros no entendían por qué.

Más de una vez me dijeron que dejara de juntarme con la “servidumbre”.

Yo simplemente guardaba silencio.

Porque había una verdad que nadie conocía.

Y porque don Ramón me había pedido que nunca la contara.

Hasta el día de mi graduación.

Durante años vivimos con sacrificios que nadie imaginaba.