Esa tarde me senté a merendar con Emilia. Le hice plática de la escuela, de sus amigas, de todo menos del baño y del cuarto. No la quería asustar.
Me contó que sacó diez en matemáticas. Le dije que era mi niña lista. Me abrazó fuerte, como cuando estaba chiquita.
Por un momento pensé que de plano yo ya estaba haciendo novela. Que a lo mejor sí era una oficina. Que a lo mejor Sara sí come en su cuarto. Que una vieja sola se imagina cosas.
Me acosté más tranquila.
Ya en la madrugada me despertaron unos pasos. Descalzos, suavecitos, en el pasillo. Y la voz de Sara, bajita, hablándole a alguien:
—Ya, mi amor. Ya pasó. Aquí estoy.
A la mañana siguiente Miguel se fue temprano. Me asomé al cuarto de Emilia: seguía dormida, abrazada a la almohada.
Pero del pasillo volvió la voz de Sara. Dulce. De mamá.
—Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien? Ábreme la boquita.
Yo tenía a mi nieta dormida enfrente. Entonces, ¿a quién le hablaba Sara?
Caminé hasta la puerta entreabierta del cuarto del fondo. La empujé despacio. Sara estaba de espaldas, dándole de comer en la boca a alguien sentado en el piso. Alguien que yo no alcanzaba a ver.
Sara volteó. Y por fin vi quién había vivido tres meses encerrado en mi propia casa:

Era una muchacha. Tendría unos quince años. Estaba sentada en una colchoneta en el piso, con el pelo negro largo, jugando con una pieza de madera entre las manos. Sara le daba de comer en la boca, cucharada por cucharada.
No entendía nada. Veía a la muchacha pero no entendía qué hacía en mi casa.