Clara tragó saliva.
—¿Sola?
El detective miró a Regina antes de responder.
—No. Su esposo estaba con ella.
El silencio pesó como piedra.
Diego no estaba en el hospital preguntando por su esposa embarazada. Estaba ayudando a escapar a la mujer que casi la mataba.
Regina tomó la mano de Clara.
—Respira, hija.
El detective continuó:
—Tenemos cámaras del edificio de Vanesa. Su esposo le entregó dinero y le dio información sobre su horario. También tenemos audio.
Clara sintió náusea.
—¿Qué dijo?
Morales abrió su libreta.
—Que usted estaría sola en casa. Que por el embarazo no podía moverse rápido. Que solo quería “asustarla” para que entendiera que él ya no la quería.
Clara cerró los ojos.
Así de poco valía para Diego. Cinco años de matrimonio reducidos a una frase cobarde: solo asústala.
Esa noche, Regina no se fue. Se quedó sentada junto a la cama, como si los cinco años de distancia pudieran repararse con una guardia silenciosa.
—Mamá —dijo Clara, con voz débil—. Tenías razón.
Regina negó despacio.
—Yo no quería tener razón. Yo quería que fueras feliz.
—Me equivoqué.
—Te enamoraste en un momento de dolor. Eso no te hace tonta. Te hace humana.
Clara lloró en silencio.
Al día siguiente llegó Laura, su mejor amiga y compañera de escuela, cargando café, pan dulce y una bolsa llena de cartas de sus alumnos.
—Los niños preguntan por usted, maestra Clara —dijo, tratando de sonreír—. Una niña dibujó un bebé con capa de superhéroe.
Clara se rió y lloró al mismo tiempo.
Laura le tomó la mano.
—Tengo que decirte algo. Debí hacerlo antes.
Clara la miró.
—Lo viste con ella.
Laura bajó la cabeza.