El timbre sonó tres veces, seco, desesperado, como si del otro lado hubiera alguien huyendo del mismísimo
Clara Robles se llevó una mano al vientre. Tenía ocho meses de embarazo, los pies hinchados, la espalda cansada y un sueño que últimamente le caía encima como costal de cemento. Vivía en una casita sencilla en Zapopan, lejos de los apellidos pesados, de los salones de gala, de los pasillos privados del Hospital Santa Lucía, ese imperio médico que su familia había levantado durante tres generaciones.
Ahí, en esa casa de portón blanco y bugambilias secas, Clara ya no era Clara Robles Arriaga, heredera de una red hospitalaria valuada en millones. Era simplemente Clara Suárez, maestra de primaria, esposa de Diego Suárez y futura madre de un niño que pateaba fuerte como si ya tuviera carácter.
El timbre volvió a sonar.
—¡Ya voy! —gritó, acomodándose la bata.
Caminó despacio hasta la puerta. Miró por la mirilla y vio a una mujer joven, de cabello negro recogido, lentes oscuros y vestido caro. Sostenía una olla grande con ambas manos.