Antes de irme, volví a la habitación de Thomas.
La cama vacía parecía enorme.
Durante la mayor parte de mi vida, me pregunté qué le pasaba a aquella niña de seis años por la que nadie regresaba.
Finalmente lo dije en voz alta.
“No tenía nada malo.”
Caroline permaneció de pie en silencio detrás de mí.
Thomas había tenido miedo.
Había fracasado.
Esos eran datos sobre él.
Yo no.
Arrastre mi maleta hacia la puerta.
Durante la mayor parte de mi infancia, una maleta preparada significaba que alguien más había decidido dónde iría después.
Esta vez, la decisión era mía.
Dejé la maleta en el suelo.
—¿A qué hora es el desayuno? —le preguntó a Carolina.
“Ocho.”
Le dedicó una pequeña sonrisa.
“Huevos revueltos, café, tal vez una rebanada de pan tostado. Soy fácil de comer”.
Caroline río entre lágrimas.
Perdonar a Thomas no era una opción.
Quitarle el dinero no era lo importante.
La junta seguía esperando mi respuesta.
Lo único que había cambiado era mi decisión de no irme.
Y por una vez, la maleta preparada podía esperar.
Esta vez, nadie más había decidido dónde pertenece yo.
Tuve.