
La noche del 4 de abril parecía transcurrir como cualquier otra en Vista Hermosa, Meta.
En una vivienda del sector, dos hermanos —Saori, de 8 años, y Darién, de 5— corrían y reían mientras jugaban a las escondidas.
Era un juego inocente, cotidiano, de esos que llenan de vida cada rincón del hogar.
Pero en cuestión de minutos, el ambiente cambió.