La camilla entró por urgencias en medio de un silencio incómodo.
Sobre ella iba una anciana de rostro oscuro y arrugado, con el cabello gris enredado y varias faldas gastadas, manchadas por el tiempo, la calle y el abandono. El olor que desprendía era tan fuerte que una joven enfermera se cubrió la nariz con la manga.

—No pienso acercarme —dijo Marta, una de las auxiliares—. Despídanme si quieren, pero yo no la voy a tocar.
El médico de guardia suspiró.
—Marta, hay que limpiarla al menos un poco antes de revisarla.
—Pues límpiela usted. Yo llevo treinta años trabajando aquí, he visto de todo, pero esto no. Seguro vivía debajo de un puente. Puede tener piojos, infecciones o quién sabe qué más.