Cuando nadie quiso atender a una anciana abandonada, el director del hospital tomó una decisión que sorprendió a todos.

Otras auxiliares, desde la esquina del pasillo, murmuraban entre ellas.

—Dicen que esas mujeres pueden maldecir…

La anciana apenas se movió. Sus labios temblaban, pero no salía ningún sonido.

El director toma una decisión inesperada

Entonces una voz tranquila, pero firme, cortó el murmullo.

—¿Qué está pasando aquí?

Todos voltearon.

Era el doctor Rafael Mendoza, director del hospital. Tenía cuarenta y seis años, el cabello ligeramente canoso y el rostro serio de un hombre acostumbrado a cargar demasiado sobre los hombros.

Se acercó a la camilla, observó a la anciana y luego miró a todos los presentes.

—Pregunté por qué esta paciente sigue en el pasillo.

Marta intentó justificarse.

—Doctor Mendoza, yo no me niego a trabajar, pero no fui contratada para bañar indigentes.

Rafael no respondió de inmediato. Se inclinó, tomó el pulso de la anciana y, al comprobar lo débil que estaba, comenzó a arremangarse la bata.

—Tráiganme una palangana con agua tibia, una esponja y ropa limpia.

La enfermera lo miró sorprendida.

—Doctor… ¿usted mismo?

—Agua tibia —repitió él.

Marta bajó la mirada.

—Puede retirarse por hoy —le dijo Rafael sin levantar la voz—. Vaya con sus nietos.

El silencio se hizo más pesado.

La anciana y la advertencia

El doctor Mendoza llevó la camilla a una sala de revisión. Con movimientos cuidadosos, empezó a limpiar el rostro de la mujer, luego el cuello, las manos y los brazos.

No lo hizo con asco ni con prisa. Lo hizo con respeto.

Como si aquella anciana, olvidada por todos, aún mereciera dignidad.

Mientras él le limpiaba la cara, la mujer abrió los ojos. Eran oscuros, claros de intención, más vivos de lo que su cuerpo parecía permitir.

—Hijo… —susurró con voz ronca—. Tienes manos de señor… y aun así limpias a una vieja.

—No hable. Guarde fuerzas.

Pero ella lo tomó de la muñeca con una fuerza inesperada.

—Escúchame. Por tu bondad, te diré algo. Mañana no operes al hombre rico.

Rafael frunció el ceño.

—¿De qué habla?

—No te pares frente a él hasta mirar el bolsillo del que lo duerme.

—¿El anestesiólogo?

—Mira su bolsillo… y entenderás.

Después de decir eso, su mano se soltó.

El monitor marcó una línea recta.

La anciana había muerto.

Rafael quedó inmóvil, con la esponja en la mano, mientras el agua caía lentamente sobre el piso.

—Registren la hora de muerte —dijo al fin—. Y busquen a su familia. Alguien debe tener.