Pero nadie apareció.
La operación del millonario
Al día siguiente, el doctor Mendoza tenía programada una cirugía importante.
El paciente era Ernesto Valdivia, un poderoso empresario inmobiliario de cincuenta y siete años. Dueño de edificios, terrenos y contactos influyentes, ocupaba una habitación privada y daba órdenes como si el hospital fuera suyo.
La operación no debía ser complicada. Rafael era uno de los mejores cirujanos cardiovasculares del país.
Pero no había podido dormir.
Las palabras de la anciana seguían en su cabeza.
“Mira el bolsillo del que lo duerme…”
Antes de que llegara el equipo médico, Rafael entró al quirófano. Revisó los instrumentos, los medicamentos y la mesa del anestesiólogo.
El doctor Julián Acosta llevaba doce años trabajando con él. Era meticuloso, correcto, impecable.
Rafael tomó una ampolla. Luego otra.
Todo parecía normal.
Hasta que vio dos frascos con etiquetas ligeramente mal pegadas.
Las levantó hacia la luz.
La etiqueta había sido cambiada.
En ese momento, la puerta se abrió.
—Buenos días, doctor Mendoza —dijo Julián Acosta—. Llegó temprano.
Rafael no se giró.
—¿Qué hay en estas dos ampollas?
El anestesiólogo se quedó quieto.
—Lo de siempre.
—Entonces las llevaremos ahora mismo al laboratorio.
Julián palideció.
—Eso retrasará la cirugía.
—La cirugía ya está suspendida.
Una verdad oscura sale a la luz
El análisis confirmó lo imposible.
En esas ampollas no había el medicamento indicado, sino una sustancia capaz de provocar una muerte aparentemente natural durante la anestesia.
Julián, acorralado por las pruebas, terminó confesando.
No había actuado solo.
Ernesto Valdivia había pagado durante años para eliminar discretamente a socios, rivales y personas que estorbaban sus negocios. Todo ocurría en la mesa de operaciones. Luego las muertes quedaban registradas como fallas cardíacas o reacciones inesperadas.
Rafael sintió que la sangre se le helaba.
Él había firmado informes durante años sin sospechar nada.
Valdivia fue arrestado en su habitación privada. Gritó que tenía contactos, que destruiría el hospital, que todos pagarían.
Pero sus contactos desaparecieron cuando entendieron que estaba hundido.
Meses después, su imperio cayó.
Y Rafael volvió una tarde a la sala donde había muerto la anciana.
Nadie encontró a sus familiares. Fue enterrada con ayuda del hospital, en una zona humilde del cementerio.
El doctor pagó una pequeña lápida.