Nada funcionó.
Entonces tomó una decisión.
La última cirugía
Una madrugada, Rafael entró a la habitación de Mateo.
—Encontramos un corazón —le dijo.
El joven abrió los ojos, incrédulo.
—¿De verdad?
—Sí. Hoy te operarán. El mejor equipo estará contigo.
Mateo sonrió con lágrimas.
—¿Y de quién es?
Rafael guardó silencio.
Luego tomó sus manos.
—Mateo, tengo que decirte algo. Debí hacerlo antes, pero fui cobarde durante demasiado tiempo.
El joven lo miró confundido.
—¿Qué pasa?
Rafael respiró hondo.
—Yo soy tu padre.
La habitación quedó en silencio.
Mateo no dijo nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por eso venía todas las noches?
—Sí. Y porque te fallé desde antes de que nacieras. Abandoné a tu madre cuando más me necesitaba. Te abandoné a ti. No hay excusa.
Mateo giró el rostro hacia la ventana. Sus hombros temblaban.
Rafael le apretó la mano.
—Llegué veinte años tarde. No pude ser tu padre mientras crecías. No estuve cuando necesitabas a alguien. Pero todavía puedo hacer una cosa por ti.
—Papá… —dijo Mateo por primera vez, con la voz rota—. ¿Vas a estar cuando despierte?
Rafael besó su frente.
—Voy a estar contigo todo el tiempo.