Solo pidió que escribieran una palabra:
Gracias.
Tres meses después
Una madrugada, llegó a urgencias un joven de veinte años llamado Mateo Robles.
Había sufrido un accidente terrible en la carretera. El auto quedó destruido.
—Es un milagro que haya llegado con vida —dijo el paramédico.
Mateo era huérfano. Había crecido en un hogar de menores y no tenía familia cercana.
Rafael lo atendió en terapia intensiva y pronto supo la verdad: el corazón del muchacho estaba demasiado dañado. Necesitaba un trasplante urgente.
Pero no había donante.
Mientras completaba la historia clínica, Rafael leyó el nombre de la madre de Mateo, su ciudad de nacimiento y la fecha.
La pluma se le cayó de la mano.
Veinte años atrás, en esa misma ciudad, Rafael había abandonado a una joven llamada Lucía Robles cuando ella le dijo que estaba embarazada.
Él era un interno sin dinero, sin valor y sin madurez.
Huyó.
Años después intentó buscarla, pero ya era tarde.
Siempre quiso creer que aquel bebé nunca había nacido.
Pero sí había nacido.
Y estaba frente a él.
Mateo era su hijo.
Un padre que llegó tarde
Rafael comenzó a visitar a Mateo todas las noches.
Al principio hablaban de cosas simples: autos, fútbol, comida de hospital. Luego hablaron de heridas más profundas.
—¿Usted tiene familia, doctor? —preguntó Mateo una noche.
Rafael bajó la mirada.
—Tuve un hijo. Pero no lo conocí.
—¿Murió?
—Eso creí. Pero estaba vivo. Creció sin mí.
Mateo lo miró con seriedad.
—Perdón que se lo diga, doctor, pero fue un tonto. Yo habría dado cualquier cosa por tener un papá. Aunque fuera uno que apareciera de vez en cuando.
Rafael no respondió. Solo tomó la mano del muchacho.
Esa noche se quedó dormido junto a su cama.
Pero Mateo empeoraba. Los días pasaban y ningún corazón compatible aparecía.
Rafael movió contactos, hizo llamadas, rogó, exigió y se humilló.