Los familiares siempre insistían:
—Eduardo, todavía estás fuerte y sano. Nadie debería vivir solo para siempre.
Él simplemente sonreía y decía con calma:
“Cuando mis hijas estén encaminadas, pensaré en mí”.
Y lo decía en serio.
La llamada que cambió todo
Cuando mi hermana consiguió casarse y yo obtuve un buen puesto en São Paulo, mi padre finalmente tuvo tiempo para mirar su propia vida. Una noche de noviembre, nos llamó con un tono cálido, suave… casi tímido, un tono que no escuchábamos desde la época en que mi madre vivía.
—Conocí a alguien —dijo.
—Se llama Marina.
Mi hermana y yo nos quedamos congeladas. Marina tenía treinta años: la mitad de la edad de mi padre.
Trabajaba como contadora en una compañía de seguros, era divorciada y no tenía hijos. Se habían conocido en una clase de yoga para adultos mayores en el centro comunitario.
Al inicio pensamos lo peor: “Debe estar interesada en su dinero”. Pero cuando finalmente la conocimos… nuestras sospechas se desvanecieron. Marina era amable, respetuosa, dulce. Y lo más importante: miraba a mi padre con una ternura real, y él la miraba con una paz que nunca le habíamos visto.
Una boda sencilla que nos llenó el alma
La ceremonia fue sencilla, íntima y hermosa. En el patio trasero de la casa familiar, bajo un viejo árbol de mango adornado con luces cálidas. Pollo asado, refrescos, risas, abrazos sinceros… y algunas lágrimas que nadie quiso disimular.
Marina llevaba un vestido rosa claro, el cabello recogido y una expresión suave. Mi padre parecía un joven enamorado: nervioso, sonriente, casi infantil.
Mientras todos ayudábamos a ordenar la mesa después de la recepción, mi hermana bromeó:
—Papá, trata de no hacer mucho ruido esta noche, ¿sí? Las paredes son delgadas…