Papá se rió, fingió molestarse y dijo:
—Anda, vete a ocuparte de tus cosas, mocosa.
Luego tomó la mano de Marina y la condujo al dormitorio principal, el mismo que había compartido con mi madre por más de treinta años. Le habíamos sugerido redecorarlo antes de la boda, pero él se negó.
—Así como está, me da paz —respondió.
El grito que nos despertó a medianoche
Alrededor de la medianoche, un ruido me despertó. Pensé que era el viento… tal vez un gato. Pero entonces, se escuchó un grito agudo, tan inesperado que me erizó la piel.
Mi hermana y yo nos miramos aterradas y corrimos hacia la habitación de nuestro padre.
Tras la puerta, escuchamos la voz temblorosa de Marina:
—¡No! ¡Por favor… no hagas eso!
Empujé la puerta sin pensarlo.
Lo que vi dentro… me dejó sin palabras
La escena parecía sacada de una comedia romántica torpe, no de algo trágico como habíamos imaginado.
Mi padre estaba tirado en el suelo, cubierto de pétalos, sosteniendo lo que quedaba de un enorme ramo de flores. Había intentado prepararle una sorpresa romántica a Marina… pero tropezó con la vieja alfombra del cuarto.
Al caer, el ruido fue tan fuerte que Marina, medio dormida, creyó que algo terrible estaba ocurriendo y gritó del susto. Ella estaba sentada en la cama, con una mano en el pecho y los ojos desorbitados.
Pero cuando nos vio aparecer, empezó a reír nerviosamente.
Mi padre, rojo como un tomate, también se echó a reír mientras intentaba levantarse.
—Perdón… creo que esta alfombra ya vivió demasiado —bromeó.