Era Harper.
Su voz era monótona. Sin saludo. Sin titubear. «Mis padres están aquí. Necesitan la casa. Empaca tus cosas. Puedes dormir en el garaje».
Estaba en la cocina con mi taza de café en la mano, embarazada de cinco meses, todavía con la vieja camisa militar de David. Tardé un segundo en asimilar las palabras.
«¿El garaje?», pregunté. «Hace un frío que pela».
Mi madre seguía revolviendo la crema en su café como si estuviera escuchando el tráfico. Mi padre dobló el periódico y me miró con evidente fastidio.
—La oíste —dijo—. Deja de hacerte la víctima. Tú no pagas esta casa.
¡Qué ironía! David compró esa casa. David pagó por todo. David llevaba siete meses muerto y ya se estaban repartiendo el espacio.
Chloe entró detrás de Harper, con bata de seda, uñas pintadas, sin pudor alguno. Su nuevo marido, Julian, la seguía con esa sonrisa perezosa que ponen los hombres cuando se creen intocables.
—Es temporal —dijo Chloe—. Julian necesita tu habitación para su despacho. Y, sinceramente, tu duelo es agotador.
Mi madre por fin me miró. —Mueve tus cosas. Intenta no amontonar el garaje. Julian aparca el Audi en el centro.
Julian se rió.
Los miré a los tres. Luego miré a mi padre.
Nadie pestañeó. Nadie cedió.
Sonreí una vez. Una sonrisa pequeña. Fría.
—De acuerdo —dije.
Pensaron que eso significaba rendirme.
Significaba que ya no tenía más advertencias.
Parte 2: El garaje
Empaqué rápido.
Tres camisetas. Unos pantalones vaqueros de maternidad. Mi portátil. La placa de identificación de David. Nada más importaba.