Pobre Amelia.
En el quirófano, nunca fui la pobre Amelia.
Tenía manos firmes. Tenía una voz clara. Era la residente que llegaba temprano, se quedaba hasta tarde, revisaba cada tubo torácico, estudiaba cada tomografía y aprendía a reparar lo que otros no podían alcanzar.
Pero, según la visión del mundo de mi padre, yo había fracasado.