Obliga a mirar la Época de Oro desde otro ángulo, no solo desde los grandes ídolos, sino desde quienes sostuvieron la atmósfera, el pulso y la verdad visual de centenares de escenas.
Mientras las figuras centrales recibían los reflectores, ella perfeccionó un arte menos celebrado y, sin embargo, decisivo: el de existir plenamente en pantalla aunque el sistema no la colocara en el centro del cartel.
Su caso no desmiente el brillo del cine mexicano clásico; lo completa.
Y en esa corrección tardía hay también una forma de justicia: volver a nombrar a una actriz que estuvo en todas partes y a la que demasiados años se miró sin ver.