Una mujer embarazada apareció en la puerta del rancho pidiendo una sola noche de refugio… el granjero estaba por cerrarle la puerta, hasta que algo en ella lo detuvo.
Cuando el sol empezaba a esconderse detrás de los cerros de Jalisco, Mateo dejó la azada suspendida en el aire. No fue por cansancio. Fue porque su hija Lucía, que estaba arrancando hierbas junto a la cerca con una palita de metal, se quedó completamente quieta.
—Papá… hay alguien en la entrada.
Mateo alzó la vista. En medio del portón de madera había una mujer sola. No avanzaba, no retrocedía. Llevaba una maleta vieja de cuero, una mochila pesada y un vestido floreado color rosa que apenas lograba cubrirle el vientre enorme. Estaba embarazada de muchos meses. Tenía polvo en las sandalias, en las piernas y en las manos. Se veía agotada, pero no derrotada.