Esa misma noche cocinó con lo poco que había: jitomate, cebolla, ajo, arroz, frijoles y un trozo de carne que Mateo había sacado del congelador sin mucha intención. Pero de aquel fogón salió algo distinto. La casa se llenó de olor a comida de verdad, a hogar, a algo que Mateo no había sentido en años.
Lucía fingió pasar varias veces por la cocina antes de quedarse en la puerta.
—¿Tienen laurel? —preguntó Ana.
—En el mueble de arriba, detrás de la sal —respondió Mateo desde la sala.
—Yo lo agarro —dijo Lucía, antes de que alguien se lo pidiera.
Ana sonrió apenas.
—Gracias, Lucía.
Cenaron los tres juntos, en silencio, pero ya no era el silencio de dos. Era el de tres personas que todavía no sabían cómo acomodarse unas a otras, pero empezaban a intentarlo.
Al día siguiente, Mateo salió antes del amanecer, como siempre, para atender a los animales. Cuando Ana despertó, puso café de olla y calentó tortillas en el comal. Lucía apareció en la cocina despeinada, descalza, con esa expresión seria de niña que observa antes de decidir.
—Buenos días, Lucía —dijo Ana sin volverse.
La niña frunció el ceño.
—¿Cómo supo que era yo?
—Tu papá usa botas —contestó Ana—. Tú no.
Lucía miró sus pies descalzos y se sintió descubierta. Se sentó en la silla de siempre. Ana le puso enfrente una taza con más leche que café.
—¿Cómo sabía que así me gusta?
—No sabía. Pero tienes diez años. Lo imaginé.
Lucía no dijo que estaba bueno. Solo tomó otro sorbo.
Los días empezaron a acomodarse solos. Mateo trabajaba la huerta, el corral y el maíz. Ana cocinaba, lavaba y ponía flores silvestres en la ventana sin que nadie se lo pidiera. Lucía hacía la tarea en la mesa, ayudaba con la ropa y cada vez encontraba más razones para quedarse cerca de Ana.
Una mañana, mientras tendían sábanas bajo la sombra del mezquite, Lucía soltó, de pronto:
—Mi mamá murió cuando yo nací.
Ana se quedó quieta, con una camisa mojada en las manos.
—Lo siento —dijo con suavidad.
—Ni siquiera la conocí —continuó Lucía—. Mi papá guarda una foto de ella en la gaveta. Casi nunca la saca.
—Todavía le duele —dijo Ana.
Lucía la miró de reojo.
—Sí.
Después de un rato, preguntó:
—¿Y el papá de su bebé?
El hombro de Ana se tensó apenas.