Lucía se pegó al brazo de su padre.
Mateo caminó hasta el portón con paso lento. Cuando estuvo frente a ella, vio que era joven, demasiado joven para cargar sola con tanto. Cabello oscuro, ojos cansados y una dignidad que no se había roto ni con el camino.
—Buenas tardes —dijo él.
—Buenas tardes, señor.
Ella tragó saliva y habló sin rodeos:
—Si usted me deja quedarme… yo cocino.
El viento pasó entre los tres. A lo lejos cacareó una gallina. Mateo pensó en decir que no. Pensó en la niña que dependía de él, en la casa pequeña, en el rancho que apenas alcanzaba para dos. Pensó en que no era su problema.
Pero volvió a verla: no estaba pidiendo caridad, estaba ofreciendo trabajo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ana.
Mateo guardó silencio un segundo. Luego abrió el portón.
—Pásale.
Nada más.
Ana lo miró como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien. Después entró, sujetando la maleta con ambas manos. Lucía dio un paso atrás para dejarla pasar, sin quitarle los ojos de encima. Y así, en silencio, los tres caminaron hacia la casa, una casa de ladrillo recubierto con techo de teja, un corredor al frente y un jacarandá torcido que Lucía trepaba desde los seis años, aunque su padre se lo prohibiera.
Adentro, Mateo señaló el cuarto del fondo.
—Hay una cama y un ropero. No es gran cosa.
—Es más de lo que necesito —respondió Ana.