—Ya no está.
No dijo más. Lucía entendió. Había respuestas cortas que escondían historias demasiado largas.
La primera vez que de verdad se acercaron fue una tarde de martes. Mateo había ido al pueblo. Ana estaba sentada en el corredor pelando yuca para la cena. Lucía se sentó en el escalón, a cierta distancia.
—¿Puedo intentar? —preguntó.
Ana le pasó un pedazo y el cuchillo. Lucía cortó demasiado grueso, llevándose media raíz.
—No así —dijo Ana con calma—. Más de lado. Como si resbalara.
La niña volvió a intentarlo. Esta vez salió mejor.
Entonces el bebé se movió. No fue una patadita pequeña. Fue una ondulación clara en el vientre de Ana. Lucía abrió los ojos como platos.
—¡Lo vi!
Ana soltó una risa bajita.
—Anda despierto.
Lucía dudó un momento.
—¿Puedo tocar?
Ana no necesitó oír la pregunta completa.
—Puedes.
La niña puso la mano con un cuidado reverente sobre la barriga. Esperó. Cuando ya estaba a punto de retirarla, sintió un golpecito suave, real, debajo de su palma.
Lucía dejó escapar el aire.
—Me sintió.
—Sí —dijo Ana—. Y tú a él.
Aquella noche, cuando Mateo regresó, encontró a Lucía dibujando en la sala y a Ana leyendo en el sillón. No era una escena extraordinaria, y sin embargo a él le sacudió algo por dentro. La casa se veía menos vacía.
Días después, Lucía le preguntó a Ana, sin rodeos:
—¿A usted le gusta mi papá?
Ana no se rió.
—Tu papá es un buen hombre.
—No pregunté eso —insistió Lucía—. Pregunté si le gusta.
Ana suspiró.
—No sé todavía qué siento. Pero sé que aquí me he sentido segura.
Lucía bajó la mirada.
—Yo no me enojaría si se quedara.
Ana la miró en silencio, y por primera vez sus ojos se humedecieron.
Faltaban pocos días para que naciera el bebé cuando, de madrugada, Mateo escuchó un quejido en el pasillo. Encontró a Ana apoyada en la pared, respirando distinto.
—Es hora —dijo ella.