En menos de diez minutos, la vieja camioneta avanzaba por el camino oscuro hacia el hospital, mientras el silencio de la noche se llenaba de un solo pensamiento: que todo saliera bien.

En menos de diez minutos ya iban rumbo al hospital del pueblo en la camioneta vieja. Lucía, terco reflejo de su padre, se negó a quedarse sola.
En la sala de espera, las luces blancas les dejaron la cara pálida y el corazón apretado. Lucía tomó el brazo de Mateo.
—Va a salir bien.
—Sí —respondió él, aunque la palabra le pesaba.
El bebé nació a las cinco cuarenta y dos de la mañana. Niño. Cuando la enfermera salió a avisar que ambos estaban bien, Lucía sonrió con triunfo.
—Yo sabía.
A Ana le permitieron ver primero a Mateo. Él entró despacio. La encontró agotada, sudorosa, con el cabello pegado a la frente y una paz nueva en la cara. El bebé dormía envuelto en una cobijita rayada.
Mateo no dijo nada. Se quedó quieto mirándolos, como si le faltaran palabras y le sobrara verdad.
Cuando pasó Lucía, tomó al recién nacido con una solemnidad que no parecía propia de sus diez años.