—Parece un Pedro —dijo.
Ana rió, cansada.
—¿Pedro?
—Sí. Es nombre fuerte.
Y así se llamó.
Volvieron al rancho convertidos en algo que todavía nadie se atrevía a nombrar. Lucía aprendió a cargar a Pedro, a reconocer sus llantos, a mecerlo con un movimiento exacto. Ana, aunque agotada, se veía más ligera. Mateo observaba desde la puerta, desde el corredor, desde el borde de todo. Nunca en el centro. Pero cada vez más cerca.
Una tarde, una semana después, Lucía estaba acomodando la cobija de Pedro en el sofá. Ana la ayudaba. Sin pensar, la niña soltó:
—Mamá, sujétale aquí la cabeza…
El silencio fue inmediato.
Lucía se quedó roja. Ana la miró como si le hubieran abierto una herida y se la hubieran curado al mismo tiempo. Mateo, que fingía revisar unas cuentas, se levantó con los ojos brillosos.
—Voy al corral —murmuró.
Salió porque no supo hacer otra cosa.
En el corral entendió que no sentía traición. Sintió continuidad. La vida no estaba borrando a su esposa muerta. Estaba haciendo espacio para alguien nuevo.
Esa noche, bajo la luz fría de la luna, se sentó con Ana en el corredor.
—Nunca le había dicho así a nadie —murmuró.
—Lo sé.
Mateo la miró de frente, sin desviar los ojos por primera vez.
—No sé hacer esto bien. Hace mucho que no sé.
Ana apretó la taza entre las manos.
—Yo tampoco. Pero también lo estoy intentando.
Pasaron los meses. El cariño entre ellos creció como crece el maíz: primero por debajo de la tierra, donde nadie lo ve, y luego un día ya está alto. Mateo se quedaba más rato en la mesa después del desayuno. Ana le ponía el plato y a veces le dejaba la mano un segundo más en el hombro. Lucía dejó de subir al jacarandá para pensar y volvió a subir solo porque le gustaba.
Entonces Ana volvió a quedar embarazada.
Cuando se lo dijo a Mateo en la huerta, él guardó silencio tanto que a ella se le heló el pecho. Pero al final dio un paso adelante, le tocó la cara con la mano llena de tierra y dijo:
—Está bien. Todo está bien.
Ella lloró de alivio, y él la abrazó en medio de los surcos recién sembrados.
Pero el miedo volvió. Mateo empezó a encerrarse otra vez en sí mismo. Había perdido a su esposa al dar a luz años atrás, y la idea de volver a pasar por eso le apretó el alma como un puño. Lucía fue quien lo enfrentó.
Lo encontró arreglando una bisagra del granero.
—¿Tienes miedo? —preguntó.