Lucía se quedó observándolos un momento, con esa certeza callada que a veces tienen los niños antes que los adultos. La familia no siempre nace de un solo golpe. A veces se va armando despacio, con café al amanecer, con manos cansadas, con llantos de bebé, con silencios que ya no duelen y con puertas que alguien se atreve a abrir.
Mateo salió más tarde al corredor, como hacía cada noche. Miró el rancho, el cielo lleno de estrellas y la sombra del jacarandá. Adentro dormían Ana, Lucía, Pedro y Clara.
No era la familia que había imaginado de joven.
Era la que la vida le había puesto enfrente cuando abrió el portón.
Y era exactamente la suya.