Mateo tardó en responder.
—Sí.
Lucía puso su mano pequeña sobre el brazo de él.
—Ana no es igual. Y eso no está mal. Ahora no hemos perdido nada, papá. Todo está aquí.
Aquella noche, Mateo abrió la gaveta donde guardaba la foto de su primera esposa. La miró largo rato. Después volvió a guardarla con cuidado.
—No te estoy reemplazando —susurró—. Estoy continuando.
Salió al corredor. Ana ya estaba allí. Él se sentó a su lado y, por fin, habló de su miedo. Habló de la pérdida, del dolor, de la cobardía de esconderse detrás del trabajo.
Ana lo escuchó hasta el final.
—Yo también tengo miedo —admitió ella—. De ser demasiado. De haber llegado con una maleta, una barriga y demasiada carga.
Mateo negó despacio.
—No llegaste pesada. Llegaste a tiempo.
Le tomó la mano. Y esta vez, cuando la apretó, ambos supieron que ya no estaban improvisando una familia. Ya la eran.
La segunda bebé nació en octubre, cuando los jacarandás pintaban de morado el camino. Fue niña. Mateo estuvo dentro del cuarto del hospital. La vio llegar al mundo con el corazón abierto de par en par.
—Clara —dijo Ana, agotada, al verla.
—Clara —repitió él.
Cuando volvieron al rancho, Lucía esperaba en el corredor con Pedro en la cadera, como si siempre hubiera sabido cargar hermanos. Recibió a la recién nacida con los brazos seguros.
—Hola, Clara —susurró—. Yo soy Lucía. Vamos a ser amigas.
Al atardecer, la familia completa terminó reunida en el corredor sin que nadie lo propusiera. Ana en la silla mecedora con Clara dormida en brazos. Mateo de pie, recargado en el marco, con Pedro inquieto entre sus manos grandes. Lucía sentada en el escalón, descalza, viendo el cielo naranja.
El rancho sonaba a lo de siempre: vacas regresando al corral, pájaros metiéndose entre los árboles, viento moviendo el jacarandá. Pero ya nada era igual.
Lucía miró la primera estrella aparecer sobre los cerros y pensó en la mujer de la foto guardada en la gaveta. Pensó en Ana, que había llegado con una maleta vieja y se había convertido en hogar. Pensó en Pedro y en Clara. Pensó en su padre, que por fin había aprendido que amar otra vez no borraba lo que había amado antes.
Dentro de la casa, esa noche, la mesa tenía cinco platos.
Antes hubo dos durante demasiado tiempo.
Ahora eran cinco.